martes, 5 de agosto de 2008

Oda a Paris

Impresiones en la Ciudad de las Luces.

Ayer lloré porque nos vamos de Paris. Nadie se puede imaginar cuánto la amo, quiero vivir acá. Y aún cuando me gusta mucho el "mundo feliz" estadounidense, éste queda bien lejos de mi valoración del Viejo Continente.

Esa poesía natural que tiene, ese empaparse con lugares tan llenos de historia, tan cuentos de hadas, y caminar por donde la gente se enfrentaba por sus ideales. Además esa magnificenca que le dan los pequeños rincones, o los bares, cada uno tan único y tan igual al otro. O las tabaquerías y los hombres y mujeres refinadas fumando ese humo parisino.
La gente, tanto más fina y qué asquerosos que pueden llegar a ser con los turistas. Pero es admirable esa forma de vestirse, ese idioma tan ducle y amargo a la vez, pero sin duda delicioso. Los viajes en subte y ver cómo todos se entremesclan. De repente parece tan fácil encontrar -como lo hizo Cortázar- esa mano de gata enfundada en n guante de cuero negro trepada en el barral.
Es enfrentarse a esa arquitectura tan pensada, tan cartesiana. Esa elegancia implícita en cada gesto, en la piel de esta majestuosa ciudad. Y la solemnidad de su "Soy Paris, soy más". Con sus avenidas anchas y sus veredas que también lo son. El lujo de sus palacios y en sus paisajes. Y los ptapdas de todos los colores que llenan de sabor y alegría en esta ciudd cubierta con un manto gris de nubes y llovizna.
Pero finalmente gana el astro Luis XIV y nos regala un colorido diferente. Tan poco 21 de marzo. Entonces el brillo antes incandescente se multiplica para terminar por opacarse y perder su poesía melancólica, poesía con la cual la conocí. Sin embargo, no importa. Su ritmo cálido no deja de ser romántico, no deja de atraparme con sus brazos poderosos y sus labios seductores, haciéndome sentir la Ile de la Cité, atrapada en el Sena.
Por su parte, la pasión tiene su corazón en la rue Pigale, cuando a las 8 de la noche los parisinos y por qué no los turistas también pueden dar rienda suelta sus deseos más burdos y sin embargo elevarlos a la elegancia de la Cuidad de las Luces con la sensualidad ofertada en el Moulin Rouge.
A su vez se puede vivir una aventura aventura plenamente parisina no muy lejos de la 'zona roja' en las callecitas y ateliers de Montmartre, entre pinceles y oraciones, entre una plaza llena de artistas e inundada por el exquisito cantar del coro de monjas de Sacre Couer. Entonces escaparse hacia allí despues de una baguette y un cigarrillo en alguna esquina de esa diversa ciudad.
Me llama la atención ese poder de recepción que tiene. el esperjo formado entre el Arc de Triumph y el Grand Arch. Un espejo que 'envejece' su reflejo, que renueva lo que nos muestra, casi como permitiéndonos convivir en dos ciudades a la vez, aunque estén separadas por siglos. Una Paris "Soy Rel Sol, Revolución y Napoleón" y la otra "Soy actual, soy desarrollo, soy mañana". Entonces conviven anteayer y hoy, la elegancia y la practicidad, el Viejo Continente y 1984-2001: Odisea al espacio/Un mundo (casi) feliz. Y es una convivencia posible en ese acercarse pero no tocarse; no es perfecta pero es posible.
Porque todo es así en esta ciudad de artistas, empresarios, vendedores ambulantes, estudiantes, policías, extranjeros y parisinos. Esa 'mezcla' racil de africanos y franceses es la hipocrecía o quizás la ironía más grande que pueda observarse. Parisinos y africanos se reúnen, se entretienen juntos y parecen amigos, pero no hay mestizos. Las mulatas no separean por las calles de París porque "Soy Paris, soy más" no se mancha, no se aleja de su pasado Borbón y las flores de Liz. Y esa soberbia que no es aceptable pero tampoco infundada se acepta, porque es digna de seres majestuosos como lo es la Ciudd de las Luces.

Super TGV, enero 2001

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